• La alabanza: nuestra vocación eterna

• Orar es realizar un encuentro y dejarse plasmar

• “Incesantemente” y “sin desanimarse”

• En todas las cosas, hasta “convertirse en oración”

• La oración en el Espíritu nos transforma en Jesús

 

Estamos llamados a la oración desde siempre.

Al alba de una Creación, aún inocente, Adán “conversaba” con Dios, a quien le encantaba pasear por el jardín con él por la tarde.

En las Sagradas Escrituras vemos como los “amigos de Dios” se dejan atraer hacia este coloquio íntimo y confidente: Abrahán lo recibe en su casa, junto a una promesa, por eso, osará más tarde pedirle que la ciudad no sea destruída; Moisès ora en el monte y recibe las Tablas de la Alianza, para guíar y formar un Pueblo; en los Salmos leemos que Dios “duerme”, mientras nosotros somos como ovejas conducidas al matadero… quien haya aceptado plenamente pertenecerle puede exprimirse con toda la autenticidad de lo que prueba en el corazón, ese corazón que Dios “escruta” noche y día. asímismo, Job puede debatirse y lamentarse de su desventura, pero siempre convencido de que es “feliz el hombre que es corregido por Dios”. Y como esto mucho más. La historia de la Salvación, es decir, la que conduce a toda la humanidad a poder recibir y reconocer al que es la Salvación, es la historia de quienes se han dejado atraer hacia este coloquio misterioso y que, a través del cual han podido volver a ser capaces de manifestar la originaria “imagen y semejanza de Dios”, ya que podían dialogar con Él.

Con Jesús este coloquio se vuelve perfecto: «Padre lo mismo que tú estás en mí y yo en ti» (Jn 17,21).

Pero después Jesús continua: « también ellos estén unidos a nosotros…». Para nosotros ser atraídos e introducirse en este coloquio de amor no es solo un don y una “oportunidad”; es el único camino, si queremos  de verdad pertenecerle. No es una “opción” de nuestra vida cristiana y carismática. Es lo que nos define en nuestra identidad, lo que la convierte en posible y la alimenta.

Nosotros como cristianos venimos “definidos” por la oración: si oramos y cómo oramos, por su calidad, por su intensidad, si somos conscientes de ser en el mundo la voz que sabe reconocer y proclamar al Señor, alabándolo y bendiciéndolo; y no solo para nosotros  mismos, sino para la Creación entera y para el tiempo que vivimos , que solo a través de nuestra oración puede disponerse para esperar aún el cumplimiento final de todo, el Reino de los Cielos, y, si es posible, para anticipar el adviento, según las promesas del Señor.

Nosotros vivimos para orar. La mirada fija en Jesús, el Hombre nuevo, convertido completamente en oración. Vivimos para restituir cualquier primacía a la gracia, con la certeza que sin Él no podemos hacer nada; ni lo queremos. «Existe una tentación que desde siempre insidia cualquier camino espiritual y la misma acción pastoral – escribía el Papa Juan Pablo II – y es la de pensar que los  resultados dependen de nuestra capacidad de hacer y de programar. Ciertamente Dios nos pide una real colaboración con su gracia y, por lo tanto, nos invita a invertir, en nuestro servicio a la causa del  Reino, todos nuestros recursos de inteligencia y operatividad. Pero ¡ojo! a olvidar que “¡sin Cristo no podemos hacer nada!”» (Duc in altum, n. 38).

Mucho más nosotros que, como Comunidad Jesús Resucitado, ¡llevamos su nombre!

Nosotros hemos nacido con esta precisa vocación: somos “una comunidad de alabanza y de evangelización”, como dicen nuestras “Líneas características”. Vocación común, del resto, a toda la Renovación Carismática, que se funda, precisamente, en la oración y, a través de ella, en la acción carismática del Espíritu Santo.

Sin la oración no existiría ni la espera ni tampoco la manifestación del Espíritu ni de sus dones y, como consecuencia, no existiría la Renovación. Ni siquiera existiríamos nosotros.

Este es el “Camino Santo” que el Señor nos ha donado; gratuitamente, sin que hubiéramos hecho grandes esfuerzos o que lo hubiéramos de alguna manera merecido.

«¿Cuál es el Camino Santo que Dios nos ha dado a nosotros que  vivimos la Renovación  Carismática? – decía Jacqueline en sus enseñanzas. – Es la oración  carismática que es, precisamente, la escucha de Dios, la petición del Espíritu. Orar carismáticamente es revivir la explosión de potencia de Dios que ha fundado la Iglesia, revivir la experiencia del Cenáculo, la espera del Espíritu: cuando estamos distraídos, cuando somos reprendidos por nuestra humanidad, entonces nos reunimos y esperamos que el Espíritu se manifieste en nosotros. El Espíritu nos hace esperar un poco, porque quiere que nos purifiquemos de nuestros defectos, de nuestros ídolos, pero después se manifiesta; y no solo en la efusión… todos los días yo tengo que esperar el Espíritu, esperar que se manifieste en las divresas situaciones de mi vida. Tengo que ofrecerme al Espíritu, recibirlo, dejarme llenar de Él. Ofrecerse a Dios es ponerse a disposición, decir a Dios: “Haz de mí lo que quieras: ¡Aquí estoy, Señor!”. Ésta es la actitud de los santos, ésta fue la actitud de María, de Abrahán, de los  profetas.

Como ellos estamos llamados a recibir el Espíritu en nosotros, a seguir sus caminos, su guía, cuando en la oración carismática nos habla con la Palabra de Dios, que no es solo una lección de moralidad, un lindo llamamiento, un buen consejo, sino que es Dios mismo, presente todo entero en su Palabra. Y si la escuchamos con el corazón y con disponibilidad, esta Palabra se hace en nosotros y, entonces,  Jesús – la Palabra de Dios – habla a través de nosotros, a través de nuestras palabras y a través de nuestra vida, y nosotros nos convertimos, de verdad, en  sus testigos, nos convertimos en su  Comunidad».

 

Nosotros, para abastecernos en el Manantial, tenemos necesidad de tanta oración.

Oración que no es solo un monólogo. No es, ni tan siquiera, “rezar” las oraciones, casi como que éstas tuvieran por sí solas un efecto mecánico, que pueda prescindir de la participación del corazón. La oración es un diálogo: se produce con la participación de dos. Y por eso, entonces, lo primero que tenemos que hacer, cuando nos ponemos a orar, es tomar conciencia de la presencia del Señor: antes de pensar en qué decir, ¡nosotros tenemos que hacer un encuentro! A Él, lo tenemos que encontrar como persona. De lo contrario, arriesgamos hacer un soliloquio donde le hacemos una lista larga de peticiones y después termina ahí.

La oración no es hablar, hablar y hablar sino escuchar, contemplar, amar. Entonces se vuelve de verdad, vital, auténtica. No es tampoco mucho pensar sino, más bien, ponerse en un estado de paz, de abandono con plena confianza, de escucha hasta que el Señor, que está siempre presente, pueda “atraernos a su presencia”, hablarnos, llenarnos de Sí mismo y donarnos la vida.

Entonces, nuestra fe pierde su aspecto puramente racional para abrirnos a una experiencia viva: ¡Dios me está amando! Y mientras descubro este amor, y lo dejo penetrar hasta lo más profundo de mi ser, he aquí que, en este preciso momento, la oración se convierte en lo más precioso de mi vida, lo que le da un sentido pleno y me empuja a salir de mí misma para volver a amar; he aquí que se enciende el deseo, la sed, la necesidad de una comunión cada vez más plena, de una posesión recíproca: Él en mí y yo en Él. Orar es dejarse plasmar por su amor. Es recibir este amor para volver a donarlo, y después volver a extraerlo de nuevo… sin podérnoslo acaparar. Continuamente dirigidos hacia Dios, para ser llenados de nuevo; olvidando lo que ocurrió ayer, lo que pasó hace un momento, porque hoy, ahora, Dios “hace nuevas todas las cosas”.

Orar es exultar de la propia pobreza. Porque el  Espíritu no puede entrar si no es en un corazón pobre, privado de todo. Privado de las quejas, de las pretensiones, de los rencores… de lo lutos, de las enfermedades: todo viene después de Dios. El corazón pobre es el que ve a Dios solamente como la única riqueza, el que sabe dejarse “secuestrar” de tal forma por la preocupación de Dios, el que está extendido de tal forma hacia Él para gustar su grandeza y belleza, el que siente un tal deseo de “estar con Él”, el que consigue abandonar, por fin, el control y la posesión de las cosas, el que deja de atarse a las cosas de la tierra para obtener las del cielo.

Si no existe esta pobreza no se puede ser carismáticos. Por eso, tenemos que tener cuidado, vigilar, porque en cualquier momento  podemos arriesgar perder esta pureza y humildad, esta belleza del Espíritu, por sentirnos pagados, sacios, fuertes de tantas experiencias.

Que nuestra experiencia sea, en cambio, que Dios es siempre nuevo, que Él es la inmensidad, insondable para nosotros, el que cumple cosas extraordinarias, el que nos hace entrar en su amistad, superando, en un cierto sentido, la distinción que hay entre el cielo y la tierra, anticipando para nosotros la gloria del Paraíso. Cuando nosotros salimos de la prisión de las cosas de este mundo, de las cosas que pasan , damos nuestros primeros y tímidos pasos hacia la eternidad que nos viene al encuentro, en la dicha y en la gloria.

Saber que no somos nada nos hace libres y nos consuela. Porque no tenemos que exhibir nada, pero  podemos, mejor aún, permitir a Dios que manifieste su grandeza y su misericordia; cuando estamos ante  Él, especialmente en la oración personal, donde no tenemos otros apoyos, es Él y solo Él nuestro apoyo, donde poner toda la confianza.

Estamos llamados a una gran pureza de corazón, a una gran transparencia porque ¡estamos ahí para complacer a Dios! No para buscarnos a nosotros mismos, para nuestra personal realización, o para satisfacer nuestras necesidades (sobre todo porque el Padre sabe mejor que nosotros de qué tenemos realmente necesidad); porque quien se busque solo a sí mismo, antes o después, dejará la oración, especialmente, cuando ésta no da la satisfacción que uno se espera o que ya ha experimentado o cuando existen  los necesarios momentos de aridez y de dificultad.

 

S. Pablo nos recuerda que tenemos que orar “sin desanimarnos”. Incluso cuando no “sentimos”, cuando nuestra sensibilidad herida nos sugiere que Dios está ausente o que nos ha abandonado. La fe y la esperanza entrenadas por la oración están ahí para decirnos que Dios existe, que está siempre presente, que sus dones son“sin arrepentimiento”.

Yo creo que el Señor está aquí, que me ama y que me habla; incluso cuando no consigo escucharlo y es por eso que no dejo de alabarlo.

Porque es Jesús mismo el que nos lo manda, nosotros tenemos que orar “incesantemente”. No cuando nos parece. No a días alternos. No si tenemos una particular petición que presentarle. Es lo único que se nos ha pedido que hagamos sin interrupción porque Él también hizo la misma cosa: no dejó nunca de orar y todavía hoy, en la gloria, sigue intercediendo por nosotros.

Tenemos que perseverar en la oración, creyendo en la Presencia que nos está amando y creyendo también haber obtenido aquellas gracias que tardan en llegar, sin cansarnos de repetir nuestras peticiones (aquellas convertidas en puras por esta intimidad prolungada en el tiempo), ciertos de que se nos concederán. Ni más, ni menos que el amigo inoportuno que pide el pan en el corazón de la noche; o la viuda que llega a obtener justicia gracias a sus insistencias.

A veces yo le “recuerdo” al Señor: «Mira que nos las has enseñado Tú estas parábolas… entonces te  renuevo esta petición y esta otra…».

Y después lo alabo, convencida de haberlo obtenido. Y después vuelvo a alabarlo porque lo he obtenido; porque en todos estos años hemos contemplado también los milagros.

 

La alabanza, sin embargo, permanece superior a la oración de petición y de intercesión. Es verdad, cualquier forma de oración completa y enriquece a la otra y todas son implícitamente un reconocimiento y una declaración que hacemos a nosotros mismos y al mundo entero, que Dios es Dios, que es el Señor y que nosotros dependemos de Él con amor.

Pero la alabanza va más allá, porque va proclamada incluso cuando las cosas “no van bien”, es decir, no van según nuestra idea de bien y nuestros proyectos: en las pequeñas y grandes dificultades cotidianas, en las humillaciones, en los momentos de dolor. No es fácil. Algunas veces  requiere un verdadero heroísmo. Pero yo he visto a hermanos y hermanas alabar a Dios arrodillados en el suelo, en el asfalto, ante un familiar atropellado y mal herido. He oído decir: «Te bendigo, Oh Señor, y te alabo» ante graves enfermedades, desastros financiarios, hijos que recuperar de la droga y cónyuge que recuperar del adulterio. Pero, cada vez he visto, precisamente porque movida por la alabanza, la potencia de Dios desplegarse y actuar allí donde no hubiera habido ninguna posibilidad humana: he visto curar, regresar, volver a florecer…

E incluso, cuando el familiar, tal vez haya muerto, he visto a estos hermanos y hermanas mías permanecer enraízados en el Señor, “que ha dado y ha quitado”; los he visto poner su vida al servicio,  quizá, de otros hijos y contribuir, también por su parte, a “hacer concurrir cualquier cosa por el bien de los que aman a Dios”.

La oración de alabanza derrota al Acusador (el que inculpa a los hombres ante Dios y Dios ante los hombres), porque pone a Dios en primer lugar y no sus beneficios, porque nos ayuda a fíarnos de su amor y de su providencia más allá de las apariencias, porque convierte cualquier cosa en motivo de oración. Nos ayuda a orar, precisamente, “incesantemente” y a “consagrar”, de este modo, el mundo a Dios. Porque todo lo que nosotros ofrecemos, incluso lo que nos pesa, lo que humanamente hubiéramos querido “descartar”, rechazar, Dios lo asume, en cambio, en Sí y lo transfigura, imprimiendo el sello de la redención no solo en los hombres y las mujeres, sino también en nuestras pobres vicisitudes humanas y en el curso de la historia.

 

Nosotros estamos llamados a convertirnos en oración. Llamados hacer de modo que nuestra vida misma, nuestras acciones más simples y cotidianas se conviertan en oración: “ofreceros a vosotros mismos en sacrificio vivo y santo, este es el verdadero culto que le debéis a Dios”, esta es la liturgia de la vida, que toma fuerza del Sacrificio eucarístico que celebramos juntos el domingo y que se difunde a través de nosotros. Entonces, alabando al Señor “por” nuestra familia (no “a pesar de” ella), alabándolo por nuestro trabajo, por quien vive en la puerta de al lado, por quien nos ha maltratado, por quien hace el mal a grande escala… he aquí que nosotros exponemos a todas estas personas y estas realidades a la gracia de Dios que salva.

“Siempre y en cualquier cosa dad gracias a Dios”: no por algunas cosas sí y por otras no, porque son inaceptables. Si queremos ver que los muertos resucitan aún hoy (y quien está en pecado grave está peor que muerto), nosotros tenemos que exponerlos a la luz de la Resurreción a través de la alabanza. No tenemos que “comprenderlo” racionalmente antes; tenemos que hacerlo. Luego, el Señor, que es bueno, nos donará también la facultad de entender.

Nos ayuda en esto la potencia del Espíritu, que es el Manantial mismo de la oración y que quiere repetir en el Cuerpo Místico la oración filial que estaba en Jesús. Jesús pasaba horas y horas en oración, de noche, en el monte, para estar en intimidad con el Padre. ¡Qué le diría en este coloquio! Hoy el Espíritu quiere reproducirlo en nosotros, aunque sea a medida nuestra. Y, entonces, se exprime con “gemidos” que no se pueden repetir con palabras humanas, pero que interceden por nosotros ante el Padre, viniendo en ayuda a nuestra debilidad. Y, entonces, grita dentro de nosotros: «Abbà, Papà» a fin de que no solo, como niños pequeños, aprendamos a repetir este nombre maravilloso y tiernísimo, sino que entremos justo dentro de él y nos veamos realmente como hijos, hijos amados.

La oración en el Espíritu, impulsada por Él y conducida bajo su unción, con sus mociones, no está hecha, por lo tanto, de esfuerzos humanos. No somos nosotros los que hacemos la “escalada” a Dios, sino que es Él mismo el que desciende hasta nosotros, el que se inclina y se revela. El que viene a hacer su morada en nosotros, a “habitarnos”, a transmitirnos sus dones.

Ésta, como el Reino de Dios al que nos prepara, “no está hecha de palabras sino de potencia”. No está hecha ni tan siquiera de “técnicas” aunque al inicio de nuestra oración comencemos con nuestras pobres palabras humanas: Te alabamos, te alabamos… (como si pusiésemos ante Él nuestros pocos panes y peces), después Él “viene” a orar en nosotros y por nosotros y a introducirnos en lo más profundo de la vida de amor de la Santísima Trinidad.

¿Cómo es posible buscar “en otra parte”? ¿Quién podrá darnos, jamás, una riqueza parecida? Hoy hay muchos Cristianos que, para aprender a orar, van buscando alternativas, a lo largo y a lo ancho, en otras creencias, posiblemente “exóticas”. ¿Por qué? Si la fuente misma de la oración, el Espíritu Santo, está  en sus corazones. Muchos intentan adquirir las “técnicas” y “mejorar” a través de ellas, incluso, la práctica de la meditación cristiana. Pero, ¿dónde están las “técnicas” ?¿qué necesidad tenemos más que la del Espíritu Santo de Dios? No es todo el ritual de posiciones, respiraciones, concentración lo  que me lo hace “conquistar”: Es Él el que quiere donarse, pero también, el que quiere convertirnos.

Otros, también muchos, se quejan de que los llamamientos evangélicos son duros de cumplir, especialmente en nuestros tiempos, sin haber experimentado nunca que, lo que no es posible con nuestras fuerzas, lo es con la fuerza de la oración; cuando nos encontramos en una intimidad tan grande con el Señor (“boca a boca”, como dicen las Sagradas Escrituras, que después es el significado de las palabras “oración” y “ad-oración) que su respiración está en nosotros y la nuestra en Él. La única respiración, el único aliento de Vida: ¡Ruah, el Espíritu Santo!

 

La otra gran tentación está formada por el tiempo, que parece que nunca es bastante. Hoy, sobre todo en nuestra cultura occidental, el tiempo parece haberse vuelto, praticamente, una clase de “ídolo”, es decir, como si fuera una fuerza que quisiera dominarnos y aplastarnos y sobre la que, sin embargo, tenemos que reafirmar nuestra señoría: somos nosotros los señores del tiempo, no al contrario, y debemos saber defender con toda cautela el espacio de tiempo que hemos establecido  dedicar diariamente a la oración, vigilando la tentación, siempre al acecho, de omitirlo o de reducirlo.

Tentación que se nutre, generalmente, del pretexto que tenemos “tantas cosas que hacer”, tantos  compromisos improrrogables y santos con que cumplir, a nivel familiar, laborativo, comunitario… pero son cosas todas que arriesgamos llevarlas a cabo con más fatiga y menos fruto, si no hemos mantenido viva y obrante dentro de nosotros la presencia del Espíritu Santo.

Pero después, en muchísimos casos, muchos de estos compromisos no son, en realidad tan auténticos. Somos nosotros los que hemos querido hacernos cargo de ellos; los que tenemos necesidad, por decirlo de alguna forma,  de llenar tantos  “vacíos” que todavía existen en nuestra vida, vacíos pero que no hemos dejado llenar al Señor.

Estar siempre super ocupados, a menudo, es señal, de que el Señor, en realidad no nos basta. Pues, entonces, precisamente por esta razón (para que podamos curarnos) es preferible, si tenemos que dejar algo, que dejemos alguna actividad práctica y que decidamos dar la primacía a la vida interior.

El don que haremos de nuestro tiempo, de esta forma, asemejará aún más a la oferta del frasco de nardo precioso, que la pecadora rompe en un gesto de absoluta gratuidad y rocía por la cabeza del Señor, en señal de ofrenda y de amor. Y el Señor, que no se deja ganar en generosidad, regresará para bendecir nuestro tiempo y todo lo que hagamos, multiplicando el fruto de nuestro trabajo. Es más, como afirman las Sagradas Escrituras en un pasaje maravilloso (que personalmente no he cesado nunca de custodiar y poner a la prueba), “se lo dará a sus amigos en el sueño”.

 

No orar equivale a dispersar la gracia: la que no hemos custodiado en nuestros corazones y la que no hemos obtenido, para nosotros y para el mundo, porque no la hemos implorado ni recibida con fe, con perseverancia, con la concordia de nuestros corazones. Si falta la oración todo se vuelve difícil de comprender y de realizar;incluso con todos las enseñanzas, con todos los testimonios, con todas las exhortaciones. No lo conseguiremos nunca, porque Dios es el Dios personal: ¡Es mi Dios! Y solo si yo me quedo con Él, contemplando su rostro y dejándome curar y penetrar por su palabra, luego podré ir al encuentro de los hermanos, en la Comunidad, en la Iglesia, y ser una columna para ellos.

De lo contrario, nuestra fe permanecerá débil, nuestro servicio gris, mediocre, hecho a la fuerza, casi por “profesionales de la oración”, es decir, que van adelante con sus fuerzas, con los recuerdos, con el equipaje de las experiencias maduradas durante los años. No con la acción de Dios, ahora, en mí.

Los riesgos, como recordaba Juan Pablo II (en la encíclica “Novo Millennio Ineunte”) son graves: hacer desaparecer el gusto de la oración, el placer interior del diálogo de amor con Dios, significa volverse muy pronto “cristianos mediocres”, e incluso hasta “cristianos a riesgo”, aquellos que acaban antes o después por ceder a los “subrogados” ofrecidos por movimientos “espiritualizantes” (no espirituales) y por creencias “alternativas”, hasta incurrir en la superstición, en la magia y en las mil  trampas del diablo.

Como nos exhorta Jesús, tenemos que orar para no caer en tentación. No creernos ya santos, que hemos llegado ya; no hacernos una idea demasiado alta de nosotros mismos.

Algunas veces es, incluso, éste el motivo por el que escapamos, de mil maneras, de la presencia de Dios, por lo que nos distraímos o dejamos que se nos nublen los ojos, como ocurre a los discípulos en el monte Getsemani.

Porque, en realidad, no queremos que el Señor nos muestre donde nos estamos equivocando, que nos revele nuestra incoherencia, nuestra infidelidad. No queremos ver quiénes realmente somos, no queremos dejarnos purificar.

Y, entonces, también aquí, tenemos que “querer quedarnos” y dejar que Él venga a ocupar el puesto tan poco acogedor como es nuestro corazón, curándolo y llenándolo de luz.

 

La alabanza, la simple alabanza por lo que somos ante Dios (avaros, incoherentes, llenos de nosotros mismos…) nos libera y nos cura. Nos santifica.

Cuando se vive con fe, cuando se comparte con los hermanos, cuando es fuerte, la alabanza es una auténtica oración de liberación; ya que el diablo, “asfixiado”, huye. Cuando es auténtica nos conducirá, como momento culminante, a adherir en pleno a lo que el Padre quiere para nosotros y por nosotros; así  como fue para Jesús, que podía decir (con su vida, además de con sus palabras): «Mi sustento es hacer la voluntad del que me ha envíado»(Jn 4,34). Es el entrenamiento continuo en la oración lo que nos purifica y nos hace progresar en el Espíritu, hacia la plena santificación. Lo que nos habilita para escuchar las profecías que nos curan y nos envían a curar: las que nos devuelven la paz, que nos donan la sabiduría y que nos llenan de fuerza. De lo contrario, ¿de qué hablaremos a los hermanos, si no hemos escuchado al Señor? Acabaríamos por hablar de nosotros mismos, o de las cosas que conocemos solo culturalmente.

La alabanza nos introduce, día a día, en la comprensión plena de nuestra personal vocación y nos habilita con cualquier tipo de don: llamados a llevar cualquier fruto, dependerà en gran parte de la calidad de la experiencia espiritual que lo alimenta. Visión, coraje, predicación, discernimiento… todo  depende de la oración. Incluso nuestras más simples y cotidianas relaciones humanas, como hemos visto, están implicadas y transfiguradas. Porque en la alabanza nuestras preocupaciones están como inmersos en Dios y, cuando vuelven a nosotros, lo hacen volviéndonos a donar su visual sobre las  criaturas y sobres las situaciones. Entonces, en lugar de “reaccionar” como suele suceder (de manera inmediata, no refleja, exagerada) nosotros seremos puestos en condición, más bien, de “responder” (manteniendo el normal control sobre nuestros sentimientos y sobre el alcance de sus expresiones). Sobre todo respondemos como Jesús, como haría Él, ahora, en este momento, en esta determinada circustancia, con paz, apacibilidad, comprensión del prójimo, tensión por su salvación.

 

Si somos “cristocéntricos” siempre, mucho más lo tenemos que ser en la alabanza. Jesús al centro de cada oración nuestra y de todo lo que es iluminado y edificado por la oración. Nosotros estamos llamados a invocar su nombre sin reposo: «¡Jesús! ¡Jesús! ¡Te alabamos, gloria a Ti, Señor!»; llamados a ser los “elegidos que gritan hacia Él día y noche”: que se hacen oír, que proclaman su belleza y majestad incluso desde los tejados; porque creen en la potencia de esta invocación, en su poder de mantener despierta esta atención en todos los que creen, a fin de que el Hijo del hombre, cuando vuelva, pueda encontrar todavía la fe en la tierra.

Quien practique la invocación continua del nombre de Jesús se convierte, entonces, como en un santuario vivo, un icono de la gloria de Jesús Resucitado. Incluso porque el Señor, puesto en el centro de nuestro corazón, como en un trono, comienza, entonces, a revelarse en un modo nuevo, a “comunicarnos” uno a uno los aspectos de su persona y de su realeza. De forma que ahora entramos un poco más en su humildad, ora en su obediencia, ora en su sabiduría… Es bien diverso saber estas cosas por los libros de saberlas porque el Señor nos está donando una especial revelación. Lo conocido de este modo difícilmente cairá del corazón; es más, seguirà transformándonospermitiendo a Jesús mismo, a través del Espíritu, reproducir su vida dentro de nosotros. Haciéndonos asumir sus preocupaciones, sentimientos, intenciones.

Entonces descubrimos que todo lo que leemos en el Evangelio está vivo y es verdadero, hoy, para nosotros. Entonces ya no existe distinción entre vida y oración, porque carismáticamente vivimos y carismáticamente oramos. Y después gritamos a todos que Él está vivo, en el corazón de cada hombre y en cada acontecimiento de la historia; que no es un principio, o una moral, sino que es una Persona viva. Es el Resucitado que quiere estar con nosotros, hasta el final de los tiempos.

 

A. Alberta Avòli y Roberto Ricci«Vivían juntos»

“Serie “Líneas Características n. 5”Ed. Comunidad Jesús Resucitado – pag. 47-56