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Las “Senales” como Comfirmacion de la Predicacion

 

A nosotros, igual que a nuestro Maestro, se nos ha mandado no solamente a anunciar el avvento del Reino, sino también a liberar y a curar a todos los que reciban con fe el feliz anuncio. “Anuncio” de la salvación y “señales” de la salvación son, en efecto, inseparables en la divina pedagogía de Dios.

Cuando los discípulos de Juan le preguntan a Jesús si de verdad es Él el Mesías que están esperando, Él les responde: «Id y contad a Juan lo que habéis visto y oído: los ciegos ven, los cojos andan, los lepbrosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan y a los pobres se les anuncia la buena noticia. Y dichoso el que no encuentre en mí motivo de tropiezo» (Lc 7,22-23). A los incrédulos, también, les dirá: «Si yo no realizo obras iguales a las de mi Padre, no me creáis; pero si las realizo, aceptad el testimonio de las mismas, aunque no queráis creerme a mí. De este modo podríais reconocer que el Padre está en mí y yo en el Padre» (Jn 10,37-38).

Mientras a los apóstoles y a los discípulos convocados en el monte de la Ascensión, junto al mandato misionario, les asegura que “confirmará” lo que harán a través de los prodigios que acompañaran sus predicaciones (cf Mc 16,17-20). Promesa que el Señor no ha revocado nunca.

Hoy, sin embargo, nosotros hemos llegado, no solo al punto de catequizar únicamente, sino también a mirar con desconfianza y contrastar la que resta, en cambio, una parte integrante de nuestro mandato (y que no se nos ha dado la autoridad de amputar, arbitrariamente).

Muchos (aunque sea conviniendo en el hecho de que existe tanta necesidad de señales hoy o más que en el mundo pagano de hace dos mil años) retienen que sea mejor evitarlas, para no molestar la sensibilidad espiritual de gran parte de las asambleas “normales”, esas que solemos ver el domingo en Misa; pero se trata de sensibilidades renunciatarias, no de acuerdo con la sabiduría de Dios, la que se nos revela a lo largo de las Sagradas Escrituras.

Otros objetan que son operaciones que solamente los Santos pueden asumirse. Pero, ni tan siquiera, de los apóstoles está escrito que fueran ya santos; ellos eran ombre en camino, como nosotros, con sus impulsos y sus caídas. Pero, entretanto, mientras nosotros discutimos de estas cosas, las personas más necesitadas (y, certamente, también débiles, sin una adecuata preparación cristiana, o quizá, demasiado desesperadas para discernir…) buscan “en otra parte”, en los magos, pregoneros y hechiceros, lo que legítimamente deberían esperarse de los discípulos del Señor y acaban en una espiral sin fin de vejación, miedo, nueva y peor exclavitud.

Ni, aunque sea reconociendo la validez de las señales, podemos estancarnos con las palabaras, estudios académicos, debates… sin llegar nunca a la práctica.

A un famoso carismático pentecostal le encantaba contar a propósito de esto: «Un día volví a casa hambriento y le pedí a mi mujer que me hiciera una buena chuleta y como respuesta ¿Qué hizo? Tomó un libro y durante más de media hora ¡me leyó las cualidades nutritivas de la chuleta! Leía, leía… y yo ¡me moría de hambre!». Y concluía exhortando a los que quieran ver realizadas las promesas de Jesús  a quitarlas del frigorífico de la propia racionalidad, para ponerlas, en cambio, sobre el fuego del Espíritu.

La Renovación Carismática nació paar esto. Es más, nosotros tenemos que “atrevernos” aún más, a“aspirar a los carismas más grandes”, si de verdad querelo obrar para transformar, junto a Jesús, la muerte en vida. Naturalmente, tenemos que tener cui dado con los errores, pero sin dejarnos desanimar; yendo adelante con determinación, como ombre y mujeres encargados por Dios y que manifiestan (incluso a través de señales externas y visibles como las curaciones) que Jesús está vivo, está en medio de nosotros y actúa siempre.

A. Alberta Avòli y Roberto Ricci«Vivían juntos» Serie “Líneas Características n. 5”Ed. Comunidad Jesús Resucitado – pag. 78-79

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