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Renovación Carismática Católica

Introducción

Existe una oración, formulada por el Papa Juan XXIII al convocar el Concilio Vaticano II, que ha permanecido en el corazón de los que se reconocen hoy en aquel vasto movimento de espiritualidad que es la Renovación Carismática Católica.

Esta oración decía así:

«¡Oh Espíritu Santo!… renueva tus maravillas en nuestros días como en  un nuevo Pentecostés».

Y el Espíritu no tardó en responder. Poco menos de un año después de la conclusión de las actividades conciliares, este “fermento”, este “nuevo Pentecostés” comienza a estallar en la Iglesia. En un primer momento es un pequeño grupo de estudiantes y profesores de una universidad católica americana, en Pittsburgh (Pensylvania), que viven en nuestros tiempos las mismas manifestaciones místicas y carismáticas experimentadas en el Cenáculo. Después, poco a poco, como una mancha de aceite, el fenómeno se expande rápidamente interesando a millones y millones de Católicos en todo el mundo.

Pero no es solo una cuestión de expansión numérica. Lo que más convence son los frutos espirituales que se pueden apreciar indistintamente en personas tan diversas de edad, cultura, extracción social:

  • lo primero de todo es que todos se encuentran a experimentar de una forma “viva y tangible” la Persona del Espíritu Santo, que viene redescubierto como Realidad presente y obrante, como Principio informador (es decir, que da forma) de toda la propia vida;
  • como consecuencia el hallazgo y el ejercicio concreto de los carismas y dones espirituales (recibidos ya en el Bautismo y en la Confirmación, pero que, a menudo, permanecen inoperantes en el alma); dones que – en el amor y en el discernimiento comunitario – vienen puestos a servicio del bien común;
  • y esto conlleva a su vez una nueva visión de la Iglesia misma, vista todavía más como Cuerpo místico, en el que cada miembro viene llamado a llevar a cabo activamente su papel y del que  extraer de modo más consciente la inmensa riqueza carismática y sacramental.

Algunas aclaraciones

A veces algunos carismas pueden impresionar por su carácter “extraordinario”, como a menudo sucede con el don de las lenguas y de su interpretación, de la profecía, de la liberación, de la curación, de la palabra de cognición, del reposo en el Espíritu (es posible que se pueda tener la tentación de negar la validez y de sofocar el ejercicio); pero en realidad, esto depende de nuestro modo humano de ver las cosas porque siendo el Espíritu el que obra – a través de la Iglesia, Cuerpo místico de Jesús – todo en Él es extraordinario y todo, en un cierto sentido, no lo es. Está claro que todo esto encontrará su comprobación en la presencia o menos de un clima de verdadera eclesialidad, de confrontación y discernimiento comunitario, además de equilibrio personal.

Además, el término mismo de “movimiento”, usado para definir la Renovación Carismática Católica, debe ser entendido como “soplo del Espíritu”, que continuamente renueva y plasma su Iglesia, y no como estructura (aunque espiritual) que aspire únicamente a su misma construcción y a su crecimiento. La Renovación ha sido suscitada, más bien, para recordar a toda la Iglesia: «Tú eres carismática; todos tus hijos lo son, desde el mayor hasta el más pequeño. Y todos los carismas son necesarios para la edificación de este Cuerpo porque el Señor nunca hace nada inútil».

Una ulterior aclaración va dada a propósito de la experiencia de la persona del Espíritu Santo que a cada uno de los que adhieren a la R.C. se le ayuda a hacer y  que se llama “efusión del Espíritu” (o también “bautismo en el Espíritu”); experiencia que, como más veces hemos precisado, no se presenta de ninguna manera como un nuevo sacramento, sino como un redescubrimiento- vivo, inmediato, precisamente de experiencia – de ese sello del Espíritu que se nos ha puesto en el Bautismo y en la Confirmación.

Notas Históricas

Nos encontramos en pleno Concilio Vaticano II y los Padres conciliares se estan interrogando también sobre el significado de los carismas y sobre su permanencia o menos en la Iglesia. La tesis del Cardenal Ernesto Ruffini sostiene que, abundantes en el momento de su fundación y de su primera expansión, éstos hayan perdido importancia hasta casi desaparecer. La del Cardinal Léon Joseph Suenens, distinguiendo entre carismas “excepcionales” y “más ordinarios”, muestra, sin embargo, como éstos sean dones permanentes y multiformes que el Espíritu Santo da a los Cristianos de cualquier tiempo, en cuanto la noción misma de Iglesia comprende indivisiblemente la dimensión carismática de la institucional. Más aún, la institución misma no puede nacer si no es como carisma, como don que nos viene dado de lo Alto.

Esta segunda tesis acaba por prevalecer y encuentra expresión en dos textos fundamentales: la Constitución dogmática “Lumen Gentium” (LG) y el Decreto sobre el apostolado de los laicos “Apostolicam Actuositatem” (AA).

El primero afirma: «El Espíritu Santo no solo santifica y dirige al Pueblo de Dios por los sacramentos y los ministerios y lo enriquece con las virtudes, sino que “distribuye a cada uno sus dones como él quiere” (1 Cor 12,11), reparte entre los fieles de cualquier condición incluso gracias especiales, con que los dispone y prepara para realizar variedad de obras y de oficios provechosos para la renovación  y una más amplia edificación de la Iglesia según aquellas palabras. “A cada uno se le otorga la manifestación del Espíritu para común utilidad” (1 Cor 12,7). Estos carismas, tanto los extraordinarios como los más sencillos, comunes, por el hecho de  que son muy conformes  y útiles a las necesidades de la Iglesia, hay que recibirlos con agradecimiento y consuelo”» (LG 12).

El otro aclara: «De la recepción de estos carismas, incluso de los más sencillos, procede a cada uno de los creyentes el derecho y la obligación de ejercitarlos para bien de los hombres y edificación de la Iglesia, ya en la Iglesia misma, ya en el mundo, en la libertad del Espíritu Santo, que “sopla donde quiere” (Jn 3,8),  y al mismo tiempo, en unión con los hermanos en Cristo, sobre todo con sus pastores, a quienes pertenece el juzgar su genuina naturaleza y su debida aplicación, no por  cierto para que apaguen el Espíritu, sino con el fin de que todo lo prueben y retengan lo que es bueno (cf 1 Ts 5,12; 19,21)» (AA 3).

La Renovación tiene inicio apenas a un año de distancia de la conclusión del Concilio. No “programada” por los hombres, no estimada, con modalidades que, como veremos, en aquella época no son para nada coherentes con el estilo del Catolicismo; pero en realidad, “la” respuesta, una respuesta sobreabundante, a las instancias de renovación que se elevaban por toda la Iglesia la dará el Papa Juan XXIII sintetizándola en una oración preciosa, que no quedará sin escuchar: «¡Oh Espíritu Santo!… renueva tus maravillas en nuestros días  como en un nuevo Pentecostés».

Nos encontramos en Pittsburg, en Pensylvania (USA) y es el mes de febrero de 1967. Protagonista es un pequeño grupo de profesores y estudiantes de la Universidad Católica Duquesne, entre los cuales el profesor de historia William Storey y el teólogo Ralph Keifer que, comprometidos desde hace años  en la oración y en el apostolado, sienten, sin embargo, una profunda insatisfacción con lo que han alcanzado en su vida y dándose cuenta de que son solo una perfeción humana, sin el impulso potente del Espíritu, sobre todo porque han leído el libro del pastor pentecostal David Wilkerson, “La cruz y el puñal”. Este libro habla de eventos extraordinarios producidos por la acción concreta del Espíritu en las bandas juveniles de New York. Ellos también han leído el del periodista, “Ellos hablan en otros idiomas”, que describe la vida de las comunidades pentecostales en los Estados Unidos, subrayando esas manifestaciones carismáticas que en la Iglesia Católica parecen haber desaparecido desde hace tiempo.

Han conocido la realidad de esta especial forma de oración y experimentado algunos dones, como el de las lenguas. Así, deciden constituir también ellos mismos un pequeño Cenáculo, para invocar y esperar una nueva Pentecostés.

Y es, verdaderamente, lo que ocurre. Reunidos para un retiro un fin de semana, que se hará célebre en el tiempo como el “fin de semana Duquesne”, los que están presentes en esta vigilia se encuentran experimentando las mismas manifestaciones descritas en los Actos de los Apóstoles, cuando la “Fuerza de lo Alto”, prometida por Jesús antes de su Ascensión al cielo, llena e incendia de Sí a los Apóstoles y a los discípulos, y los transforma y habilita para la misma misión de Jesús, y los colma de dones extraordinarios, a causa de los cuales se sienten como embriagados y capaces de hacer cosas superiores a ellos mismos.

Patti Gallagher es una de esos estudiantes y testimonia que este Pentecostés, nunca apaciguado en la Iglesia, ahora vuelve a manifestarse con vigor. Hay quien llora y quien ríe por la embriaguez que siente en éxtasis durante un tiempo que no sabe cuantificar, quien se siente inundado por un amor que no tiene límites y es para todos.

Así como ocurrió en Jerusalem hace dos mil años, el eco de estos acontecimientos se propaga velozmente y llega a otras Universidades. La de Notre Dame en South Bend, en Indiana (USA), decide organizar también un retiro un fin de semana, en el que igualmente se manifiesta una gran potencia carismática; y de la misma forma ocurre esto en la parroquia de la Universidad de East Lansing, donde prestan su obra dos profesores laicos, Steve Clark e Ralph Martin, interesados desde el inicio en esta aventura y que después se encontrarán entre los líderes del Movimiento a nivel mundial.

Con la ocasión de la Pascua, la Universidad de Notre Dame prepara un retiro en el cual también se pueda reflexionar sobre todo lo que está aconteciendo. El número inicial previsto de participantes se multiplica pero este fenómeno, rápidamente, acaba por atraer la atención de la prensa. Incluso los estudiantes de los cursos de verano, que llegan en gran número a las reuniones de oración y al seminario informativo dado por p. Edward O’Connor, al regresar a sus ciudades contribuyen no poco a la difusión del movimiento de Renovación.

En otoño Steve Clark e Ralph Martin se trasladan a la Universidad de Ann Arbor, en Michigan (USA) y aquí dan vida al primer núcleo de lo que se convertirà muy pronto en una gran Comunidad carismática, “The word of God”; aquí nacerá también la revista mensual “New Covenant”, de tendencia ecuménica, y aquí, también, confluirán después los responsables de la Renovación de las otras Naciones para prepararse y madurar.

En efecto, la Renovación se extiende con rapidez hacia el resto de los Estados Unidos, Canadá, América Latina y, por consiguiente, a Europa y a los otros continentes, asumiendo cada vez más matices particulares según los pueblos que la acogen.

El primer Congreso internacional tiene lugar, precisamente, fuera de Estados Unidos, en Roma, y por el expreso deseo de los organizadores pueden participar solo 10.000 personas, provenientes de 50 Países.

Es el mes de mayo de 1975 y, como nos cuentan los más ancianos, los que llevan a cabo el servicio de orden dentro de la basílica de San Pedro se encuentran llorando, sorprendidos y conmovidos, al escuchar el canto en lenguas que se eleva poderoso de este variopinto pueblo carismático. También es en esta circustancia cuando el Papa Pablo VI define a la Renovación una “oportunidad” para la Iglesia y para el mundo; y oportunidad no significa solo esperanza, sino sobretodo ocasión para saber recoger, para dar fruto.

Tal expansión impone, por lo tanto, la exigencia de un organismo que pueda favorecer el intercambio de experiencias, que tenga la autoridad para organizar Conferencias y Congresos internacionales (aunque permanezca en el ámbito del servicio y no del gobierno), que se presente como la voz oficial, a la cual los Obispos interesados y todos los fieles puedan dirigirse para obtener respuestas claras. En 1970, en la Universidad de Notre Dame, comienza así a funcionar un “Centro de Comunicación”, que en 1976 se convierte en  “Oficina de Comunicación Internacional” (OCI) y se traslada a Bélgica, de modo que Steve Clark e Ralph Martin, que han sido los promotores, puedan colaborar mejor con el Cardenal Suenens, Consejero Episcopal del Movimiento.

En 1981, transformada en “Ofina de la Renovación Carismática Católica Internacional ” (ORCCI) y puesta bajo la dirección di p. Tom Forrest, se traslada a Roma, a la Via Ferruccio; y, al final, en 1993, adoptará la actual denominación de “Servicios de Renovación Carismática Católica Internacional ” (SRCCI) y encontrará su colocación definitiva en el Palacio de la Cancillería, Estado Ciudad del Vaticano.

Lo que llama la atención desde el principio a los estudiosos que afrontan el análisis socio-religioso es, como un movimiento espiritual de tales dimensiones se haya podido verificar en nuestros días, en una época tan declaradamente racionalista y materialista, y también como haya podido encontrar su primera cuna en la civilización americana, opulenta y tecnológica. No solo, sino también como haya podido envolver a personas de cualquier edad, raza, cultura y condición social; en efecto, diversamente de otros “despertares” espirituales, surgidos prevalentemente en ambientes muy pobres, donde las aspiraciones religiosas se confunden más o menos conscientemente con las sociales y económicas, la Renovación Carismática se afirma inicialmente en un ambiente universitario acomodado, aunque acogiendo después también a personas más humildes.

Otros aspectos muy significativos están constituidos por la toma de posición que un movimiento tan espontáneo e informal ha podido tener en un contexto litúrgico como el católico, jerárquico y estilizado, y que a iniciarlo hayan sido los laicos, a los cuales ha ofrecido, desde el principio, oportunidades inéditas para comprender y ejercitar concretamente su derecho-obligación de ponerse al servicio de la Iglesia.

Pero lo que, en una época marcada por un fuerte individualismo como lo es la nuestra, se presenta  como elemento de la fuerza detonante, mucho más aún que cualquier otra cosa, es el modo a través del cual se exprime la comunión fraterna, redescubierta en su absoluta necesidad y vivida con gran libertad: el calor de los encuentros, el interés sincero hacia los problemas del prójimo y la participación activa en su solución, sobre todo la oración con la imposición de las manos, que conlleva un verdadero don de sí al hermano.

Y que, naturalmente, conlleva también una nueva difusión de esta “corriente de gracia” que pasa, según una feliz expresión, “de imposición de las manos a imposición de las manos”, recorriendo la Iglesia como una onda que, lejos de perder su fuerza inicial y decrecer con el pasar del tiempo, adquiere, sin embargo, a medida que va adelante nuevas energías y nueva conciencia de sí.

Tanto es así que será también gracias a la Renovación (y a los otros Movimientos eclesiales, surgidos numerosos en el post-Concilio) el que la Iglesia se interroge sobre el hecho de ser ella misma “movimiento”, en cuanto capaz de poner “en marcha” a los hombres de cualquier tiempo, consintiéndoles encontrar a Jesús y hacer que estos nuevos testigos sean después capaces de poner “en movimiento” a otros testigos aún…

Por esto hoy se prefiere hablar antes de Movimientos “de la” Iglesia que de Movimientos “en la” Iglesia: derivados también estos, junto a la estructura bi-milenaria de la Iglesia local, como señal de que este Cuerpo “se mueve” continuamente, porque está vivo y vital y porque, animado por el Espíritu, sabe responder siempre con renovadas soluciones a las cambiantes exigencias de los hombres de las diversas épocas.

Sin embargo, hay una particularidad que va subrayada, ya que hace que la Renovación Carismática sea un poco especial al lado de los otros Movimientos eclesiales, los laicos contemporáneos como también los religiosos del pasado. La Iglesia, en efecto, suele reconocer un Movimiento cuando existe un fundador, dotado de uno o más carismas especiales, constatados como tales y retransmitidos carismáticamente a los demás. En cambio, en nuestro caso, no nos encontramos ante la presencia ni de un fundador  preciso (a menos que no queramos hablar del Espíritu Santo) ni de un carisma de fundación determinado. Hemos visto, en efecto, que ni los protagonistas del “fin de semana Duquesne” (o de los otros episodios análogos, contemporáneos o precedentes) nunca han reivindicado este papel de fundadores para sí mismos, ni tampoco nos hemos encontrado nunca de frente a un único carisma que encarnar en un servicio determinado; ya que se ha tratado, al contrario, de una apertura completa a todos los dones del Pentecostés, que se ha ido transmitiendo a otros grupos con nuevas y propias manifestaciones carismáticas.

Por eso, la Renovación Carismática se presenta como un testimonio del todo singular de las novedades que el Espíritu obra incesantemente en la Iglesia y, juntos, como una invitación explícita, siempre de parte del Espíritu, a no querer “institucionalizar” forzadamente lo que nació como “su soplo” y que como tal tiene que permanecer.

A. Alberta Avòli e Roberto Ricci – «Historia de la Comunidad Jesús Resucitado. Los primeros 20 años: junio 1987 – junio 2007»

“Serie “Líneas Características n. 6”Ed. Comunidad Jesús Resucitado – pag. 27-32

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