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Testigos Fieles, Acreditados, Unidos

Para ser evangelizadores según el corazón de Jesús es fundamental que nos convirtamos en una presencia auténtica en medio de los demás, coherente, persuasiva; capaz de suscitar preguntas y de transmitir valores; capaz de “mostrar” la Verdad que es Cristo. Lo que, como hemos dicho ya, se comunica más con el ejemplo y la fuerza de una apropriada conducta de vida (que muestre como Jesús mismo vive en el testigo) que no con intentos de “demostración”. Las “vidas ejemplares” (de los Santos, de los amigos de Dios) han tenido siempre un enorme valor educativo, que ninguna doctrina expresada en palabras puede sustituir. La vida vivida, más que las palabras, puede exprimir lo inexprimible. «Id y predicad el Evangelio…» y «seréis mis testigos…» coinciden.  El testimonio personal es la verdadera llave para una evangelización eficaz. El testimono directo, cuando comunicamos con sencillez y gratitud lo que Dios ha hecho por nosotros  (no lo que nosotros hemos hecho por Él) y el indirecto, basado en la fidelidad a los compromisos tomados, en la coherencia en el trabajo, en la corrección del lenguaje, en la transparencia… Incluso cuando nadie nos vea; incluso cuando se trate de “pequeñas  cosas” (en el fondo ¿qué puede ser…?), porque en ningún momento se nos está consentido dispersar la gracia; esa que luego no seremos capaces de volver a donar.

El testimonio tiene para nosotros un gran valor y, entonces, tenemos que crecer en este carisma.Tiene que ser alegre y lleno de amor. La alegría no consiste en el hecho de que no tengamos ningún problema (personalmente no conozo a ninguna persona que no los tenga) sino que, precisamente, en medio de ellos, tenemos la fuerza del Espíritu. Una vez en la oración personal el Señor nos donó esta palabra: «Han dicho  vuestros hermanos que os odian, que os rechazan a causa de mi nombre: “¡Muestre el Señor su gloria y vosotros haced ver vuestra gloria!”» (Is 66, 5). No somos anunciadores de la “buena nueva” si permanecemos en la tristeza fija, si no nos abrimos a la esperanza.

Que el testimonio esté siempre centrado en Cristo, breve, esencial, sin exageraciones  humanas, de las cuales el Señor no tiene ninguna necesidad. Sostenido por la oración de los otros evangelizadores. Capaz, incluso, de poner en la mesa sus límites, a veces los pecados, con el fin de que el otro pueda de verdad esperar. «Porque – pensará – si el Señor ha hecho esto con él, con ella, que ahora le sirven de esta manera, entonces podrá hacer lo mismo también conmigo».

Claro que cuando el testimonio alcanza puntas de gran intimidad o implica a otros protagonistas de nuestra historia, tenemos que pedirle al Espíritu una pizca más de sabiduría y discernimiento, para comprender si decirlo y a qué profundidad es oportuno o no llegar. Para el bien de ambos.

Sin el temor de mostrar nuestras contradiciones que, sin embargo, permanecen y que continuamente ofrecemos al Señor.

Y, sin temer, ni tan siquiera, el juicio de los que nos dicen que nuestro modo de anunciar el Evangelio es “exagerado”, porque “ponemos a Dios por todas las partes”, porque nuestros modos son plateales… Pero Jesús no dijo: «Susurrad el Evangelio…» sino : «Gritadlo desde los tejados…» y  luego nos llamó sal de la tierra, luz del mundo, levadura en la masa… todo ello cosas fuertes, que  dan  sabor, iluminan, hacen crecer. El mismo Jesús fue exagerado e igualmente lo fueron los grandes Santos y todos los que lo tomaron en serio.

Cuando los demás ya no nos digan que somos exagerados es cuando tenemos que preocuparnos. Porque el mundo, incluso muchas personas queridas que nos circundan, muchas veces quieren que se les diga solo lo que ellos quieren oír; y nosotros, a nuestra vez, estamos tentados cada día a entrar muy bien en ese papel con el que no molestamos y no somos molestados. Ese cierto “standard”, donde nadie nos nota; como si fuéramos una losa perfectamente encajada en el suelo, bien alineada con las otras. Sin embargo, el Señor nos ha exhortado a ser “piedras donde tropezar”, para que los demás, quizás inicialmente “molestados” en su proceder, puedan interrogarse e interrogarnos. Y tener, por lo tanto, la posibilidad de cambiar de vida.

A nosotros, ya no nos basta, ni tan siquiera, con ser “exagerados”. Nosotros estamos llamados, según una eficaz expresión actual, a “dar al mundo el espectáculo de la santidad”; y a hacerlo no como personas individuales, sino como Comunidad (porción de Iglesia) dentro de la que se nos ha donado poder encarnar esta única maravillosa vocación: a la santidad, es decir, a la comunión plena con Aquel que es Santo, y a la misionariedad.

Nosotros estamos como “acostumbrados” ya a un pecado que se ha vuelto cada vez más espectáculo: exhibido, exaltado, propuesto como estilo de vida. “Juntos” (no “en comunión”) los hombres pueden hacer que se vuelvan costumbre, tradición, moda… las tendencias peores del ánimo humano. Que  nuestro estilo de vida sea, sin embargo, la alabanza incondicionada a Dios, la búsqueda sincera y apasionada del bien, el lanzamiento misionario hacia todos los hombres y mujeres de la tierra: una Comunidad que ora y evangeliza, unida y compacta, se convierte, por lo tanto, en un “espectáculo” a los ojos del mundo, que es invitado a pararse y a revisarse.

Una Comunidad de laicos, que vive con la misma intensidad y donación la comunión en su interior y el servicio al mundo, se vuelve un instrumento formidable para volver a anunciar y reavivar la “espera”, que vuelve a ser más explícita y consciente, de forma que los hombres de nuestro tiempo puedan encontrar a Dios por los caminos del mundo y decidirse por Él.

A. Alberta Avòli y Roberto Ricci«Vivían juntos» Serie “Líneas Características n. 5”Ed. Comunidad Jesús Resucitado – pag. 80/82

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