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Una Misión Universal

Muchos temen hablar de conversión de los no Cristianos, movidos, también, por una especie de añoranza del folklore ritual de las otras religiones que, al acoger la salvación en Jesús, iría en gran parte inevitablemente perdido. Ahora bien, es hermoso custodiar usos y tradiciones de los Pueblos pero, ¿estamos dispuestos a afirmar que, por este motivo, tengan que renunciar, en cambio, a Jesús?

Otros temen hablar de ello en lo que se refiere a las otras dos grandes religiones monoteísticas, es decir, al Hebraismo y al Islam. Pero también los Hebreos están llamados a acoger la Novedad que es Cristo, aunque sea manteniendo de su Tradición lo que de esta Novedad es la válida anticipación y su preparación. En lo que concierne al Islam quisiera recordar un testimonio de p. Tardif que, en un encuentro de oración de la Renovación Carismática Católica, vio a una familia entera musulmana convertirse, porque la curación de una de ellos los había convencido repentinamente en lo que se refería a la divinidad de Cristo.

Como hemos leído en Isaías, también en nuestros tiempos el Señor nos está mandando los Pueblos… ¿por qué, en lugar de temer el anuncio que deriva de su fe (como a veces hacemos), no le pedimos al Espíritu si podemos conquistar (en el sentido de atraer, convencer…) a nuestro Señor Jesucristo?

Los destinatarios de la evangelización son todos los hombres. Todos. Y si nosotros no lo tenemos en cuenta, el día del Juicio Final el Señor estará de la parte de estos “pobres”, que tenían hambre y sed de Él y que nosotros, perdiendo el tiempo con discursos oportunistas, no les dimos de comer ni de beber. 

Los destinatarios del anuncio evangélico son, de igual modo, nuestros tiempos y los “extremos confines” de la tierra.

Estos tiempos nuestros: sus culturas, mentalidades, modos de vivir (sociales, políticos, económicos). Éste es nuestro mundo; en este siglo estamos vivos nosotros y nos toca a nosotros la gran responsabilidad de transmitir la fe en Jesús a las generaciones futuras, así como otros, nuestros padres en la fe, nos la transmitieron a nosotros. Yo estoy profundamente agradecida a todos los despliegues de creyentes con los que me siento en deuda hoy por mi fe.

Ésta nuestra tierra: Allí donde haya un hombre y una mujer capaz de escuchar; sin pararse nunca, sobre todo porque los confines se pueden volver a dideñar siempre, y eso que creíamos adquirido, como decíamos antes, necesita ser re-evangelizado continuamente.

Pero también yo lo necesito. Continuamente, cada día, necesito anunciarme a mí misma que Dios me ama, que me ha creado para Sí y que me envía.

El primer mundo al que el Señor nos envía, en efecto, tiene un nombre y una historia que nosotros conocemos muy bien, ya que es nuestro nombre y nuestra historia. Únicamente si aceptamos que el Evangelio penetre con fuerza en este mundo nuestro, para “trabajarnos” interiormente y convertirnos cada vez más a Jesús, entonces podremos ir como testigos auténticos de un mensaje que vivimos realmente. «Id por todo el mundo…» pero como personas maduras y convencidas, no como niños llenos de sueños y de sentimentalismos; porque el Señor necesita gente concreta y decidida, y juntos disponibles a dejarse volver a crear cada vez para cumplir la misión de ese momento.

Cada obra de evangelización está condicionada, en efecto, también y sobre todo por nuestro personal testimonio cristiano, que siempre tiene que preceder y acompañar al servicio de la Palabra. Somos evangelizadores antes por lo que somos y después por lo que decimos o hacemos.

Escribía H. Von Balthasar: «Nosotros somos Cristianos solo cuando el Cristianismo a través de nosotros se presenta creíble al mundo». Si, viceversa, no somos vistos como figuras creíbles, como personas en las que poder también confíar (porque a través de ellas se nos confía Jesús), nosotros no somos todavía evangelizadores y no somos ni tan siquiera Cristianos.

 A. Alberta Avòli y Roberto Ricci«Vivían juntos» – Serie “Líneas Características n. 5”- Ed. Comunidad Jesús Resucitado – pag. 77-78/79-80

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