El hombre no se salva solo, ni con sus únicas fuerzas, sino junto a sus hermanos, implantado en el Cuerpo místico de Cristo que es la Iglesia, vivificada y santificada incesantemente por la obra del Espíritu Santo.

Para llevar a cabo esta obra de salvación, el Espíritu, lo sabemos, prodiga continuamente dones y carismas, convirtiendo a cada bautizado en parte viva de este Cuerpo: quien “ojo”, quien “boca”, quien “mano”… Es decir, aun participando en toda la riqueza de las funciones del Cuerpo, cada uno de nosotros vive una especial, que lo cualifica y hace que se relacione de una manera eficaz con sus hermanos.

Ahora bien, esto no ocurre solamente en una época determinada, sino que se repite de generación en generación. Es más, en la construcción del Cristo universal, que volverá a asumir en Sí a todas las criaturas y todas las cosas (de cualquier tiempo y de cualquier lugar), podemos decir que cada generación puede resaltar más un particular carisma del Espíritu y cualificarse así, mayormente,  como “ojo”, “boca”, “mano”… dando vida, en tal modo, a diversas espiritualidades.

 

Una “espiritualidad” no es, por lo tanto, solo el conjunto de las “inspiraciones” y de las normas que animan interiormente al bautizado en su relación personal con Dios, sino que es también el conjunto de las expresiones exteriores visibles (personales y colectivas) que vuelven concreta tal relación y que, como tales, cambian necesariamente en los diversos contextos históricos.

Todo esto forma parte de la “economía de la Encarnación”: La santidad, a la que estamos llamados y hacia la cual, incesantemente tendemos, aunque tenga en sí misma elementos que están, a la fuerza, más allá y fuera del tiempo y que, sin embargo, no puede ser presentada si no es con las mediaciones culturales de ese particular contexto humano.

Y, por otra parte ¿quién podría acoger como “suyo” un modelo de vida que no consigue, ni tan siquiera, comprender?

He aquí, entonces, el por qué en la Edad Media puede triunfar la espiritualidad de una pobreza evangélica absoluta, como la testimoniada y transmitida por San Francisco. En el espíritu y en las  necesidades de la Controreforma puede desarrollarse, en cambio, una espiritualidad como la de San  Ignacio, donde la contemplación se esposa, atrevidamente, con la acción, etc.

 

Y esto nos hace comprender otro aspecto fundamental de lo que es una “espiritualidad”, es decir, que los carismas dados a la persona individual (cuando encuentran en él una respuesta total, generosa, hasta llegar al olvido y a despojarse de sí mismo) pueden transmitirse a los demás, a muchos otros. Es la “kenosis” de Jesús que se renueva: quien pierde su vida la vuelve a obtener, incluso bajo este aspecto, con sobreabundancia, acquiriendo una descendencia que conducir al Señor.

Nacen así las órdenes religiosas o los movimientos espirituales. No menos importantes los que hoy derivan, cada vez más numerosos, de los carismas que el Espíritu ha querido suscitar en fundadores laicos, a fin de que pusieran en marcha una nueva corriente espiritual, un nuevo fermento en la Iglesia de hoy en día, promoviendo en todo el pueblo de Dios la común aspiración a la santidad.

 

También a nosotros el Espíritu nos ha donado el vivir y anunciar una precisa “espiritualidad”. Lo hemos comprendido en las vicisitudes alegres o tristes de nuestra vida comunitaria, pero mucho antes aún, lo habíamos comprendido en la escucha profética: Él quiere que nosotros, todos juntos, experimentemos lo más grande de la vida de Jesús en la tierra, la de morir y ¡resucitar con Él!

Todo en Jesús es vital para nosotros, cada palabra suya, cada gesto suyo, pero es en su resurreción donde la obra del Espíritu en Él se cumple y desvela el verdadero significado de todos los demás aspectos.

Es un don y una entrega, que hay que recibir, encarnar y comprender día a día, en cualquier situación porque si nosotros no nos empeñamos en dejarnos resucitar momento a momento por el Señor, sino que, intencionadamente, permanecemos en la muerte, no estamos haciendo daño solo a nosotros mismos, sino que estamos traicionando la vocación recibida y retrasando la entrada en la resurreción de esa parte de mundo que se nos ha entregado.

Alberta Avòli Ricci

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